Buenos Aires, 24/02/2021, edición Nº 2663
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Fecha Publicación: 17 febrero, 2014

Nueva tendencia: compartir el terapeuta

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(Puerto Madero) ¿Hay algo más personal que el psicólogo y ese vínculo terapéutico? No para Facundo. Las sesiones con Ricardo son el ámbito donde abre mente y corazón desde que, a los 30, y en un momento muy particular de su vida, la recomendación de este profesional le llegó por una amiga. Él no quiso cortar esta «cadena de amor» -así la llama- y cuando vio que un compañero de trabajo necesitaba una mano también lo recomendó. Hoy se encuentra con que a su psiquiatra también van su hermana, tres amigos y hasta su pareja, el único caso en el que, admite, dudó. «Pero es más fuerte la buena onda que tus propios fantasmas -dice-. Las cosas que te hacen bien las querés compartir con tu gente cercana.

» Del otro lado, no hubo reparos: «Si ustedes no tienen problema, yo tampoco», les dijo el psiquiatra. Impensado para los más ortodoxos, no recomendado por psicoanalistas clásicos, compartir el terapeuta con amigos, familiares o la pareja deja de ser un tabú y se extiende gracias al boca en boca.

El psiquiatra y psicoanalista Ricardo Litvinov argumenta que el primer punto que habilita a un terapeuta a tratar o no a gente de cualquier relación es la posición en que se ponga: si es en el lugar de juez, no hay ninguna posibilidad, porque un juez escucha a las partes y emite un veredicto. Algo que no sería terapia, sino un juicio. «Yo trato de entender qué hay más allá de la escena que me relatan: esa determinada circunstancia que vivió la persona no alcanza para entender su conducta. A esa escena se le superpone otra escena que se busca en síntomas como los lapsus o los actos fallidos. Por eso, las personas de las cuales un sujeto me habla son simplemente personajes de una escena. Y esa primera persona que me contó la escena pasa a ser un personaje dentro de la escena del otro. Pero para que se dé eso hay que salir del lugar de juez», insiste.

Desde su perspectiva psicoanalítica, el doctor Juan Eduardo Tesone piensa que es preferible, en el caso de una pareja, que cada uno tenga su propio terapeuta: se pueden producir efectos de transferencia cruzada en los analizandos y, además, podría generar cierta confusión sobre el discurso de cada uno en la mente del terapeuta, dificultando el desarrollo de la terapia. «Si bien una persona que va a terapia habla de su mundo interior, que en cada uno es diferente, conviene que cada miembro de la pareja tenga su propio espacio de palabra en el cual se crean normalmente los fenómenos de transferencia», afirma.

Para llegar a un caso donde dos personas relacionadas por algún vínculo compartan el terapeuta primero debió existir una recomendación. «En Buenos Aires funciona mucho más el boca en boca que las páginas amarillas», dice la psicoanalista y docente del Centro Dos Isabel Carraro, que coincide en esto de que en una pareja cada uno tenga su propia terapia. Para ella este circuito comienza cuando un sujeto advierte que algo no está bien y sin darse cuenta lo está charlando con personas que le son confiables. Luego viene ese conozco a alguien que es bueno y, a través de una derivación confiable, se llega al profesional. Si la experiencia es positiva es natural que esa recomendación se repita y el boca en boca lo viralice entre los círculos más cercanos.

Eduardo Drucaroff, psicoanalista especializado en familia y pareja, está de acuerdo con que la llegada de un paciente por recomendación es algo cada vez más frecuente, pero si esas personas son pareja o muy allegadas, no lo ve viable. Menos, en una ciudad como Buenos Aires, donde la cantidad de psicólogos per cápita es una de las más altas del mundo. «Respeto mucho la intimidad del tratamiento de la persona. Si alguien quiere recomponer a otro, por más buena fe que haya, no puede ser por encargo familiar o del mismo paciente», dice.

¿Cuáles son las complicaciones que pueden surgir? Drucaroff habla de rivalidades o de querer poner al terapueta en el lugar de juez. «Es muy complicado, y ni te cuento cuando surgen secretos que no se pueden compartir -dice-. Si aparece una infidelidad, ¿de qué te disfrazás para manejar esa información que no es compartida por el otro?»

Para Carolina Marani, de 28 años, ir a la misma psicóloga que su prima Marilina no sólo les ayudó a afrontar una dificultad familiar, sino que las unió más que nunca. Incluso trabajar juntas en su negocio de ropa tampoco resultó una traba. «Hacía rato que quería ir a terapia, pero me daba vergüenza arrancar. Marilina me lo comentó, pero al ser primas yo tenía dudas. Después, la psicóloga me cayó tan bien que ahora, además, atiende a mi hija», cuenta.

Su psicóloga, que hace terapia cognitiva, focalizada y con plazos más breves, es Leticia Montivero. Ella se considera una profesional distendida y poco ortodoxa. «Hago terapia con niños y termino tratando a los padres -dice-. Siempre y cuando no sea un obstáculo para el paciente, yo no tengo ningún problema.»

Las claves para Montivero son tres: la posición del terapeuta, ser sincero con uno mismo y tener claros los límites. Lo demás, para ella, tiene que ver con las fantasías de los pacientes: si el terapueta hablará con el otro cosas que le contó uno o si tomará partido por alguien.

Para la psiquiatra Beatriz Boulanger, abocada hoy a la psicoterapia espiritual, que busca la reconexión consciente de la personalidad con el alma, el mayor desafío en cuanto a vínculos fue comenzar a atender al marido de una amiga. ¿Cómo llegaron a eso? Se trataba de una situación límite: la pareja estaba en crisis y su amiga quería jugarse una última carta a ver si podían seguir juntos. No había lugar para el error y su nombre apareció como la única posibilidad segura: él lo aceptó. «Probamos tres encuentros para confirmar que no tuviéramos condicionamientos. Para mí era primordial mantener la relación con mi amiga. Hoy estamos haciendo un trabajo muy lindo con él. Creo que acepté porque para ella era muy importante y por la confianza que tenía en mí», dice.

Cuando hoy se le presenta un caso de pacientes relacionados entre sí, a priori, no lo acepta ni descarta. Evalúa qué es lo que motiva la consulta y sondea el porqué de la recomendación. Pero eso sí, lo que siempre aclara, es que los resultados no se logran por carácter transitivo.

Fuente: La Nación

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