Buenos Aires, 27/02/2021, edición Nº 2666
Ciudad
Fecha Publicación: 15 diciembre, 2014

Las pymes del sexo de Puerto Madero

Alejandra Dahia, autora de  “El barrio del poder, vida secreta de Puerto Madero”, narró en Clarín situaciones habituales del barrio que mezclan sexo y opulencia.

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Estaba amaneciendo cuando, antes de irse de aquel penthouse maravilloso, la chica quiso echarle una última mirada al río, con esa absurda nostalgia que le dejan las noches de fiesta convulsiva. Había llegado hasta ahí por azar, gracias a un tipo simpático que conoció en la pool party del hotel cinco estrellas porteño al que suele ir con un par de amigas de aspecto tan caliente como ella. No había sido la única reclutada. El piso 44 de Puerto Madero reunía un seleccionado de aspirantes a modelo, en un plan de diversión alentado por hombres algo mayores pero vestidos como si esa diferencia de edad no existiera, a los que les hacía gracia amontonar botellas vacías de champagne Cristal. Supo, porque alguien se lo dijo por lo bajo, que su sueldo entero de secretaria le alcanzaba para pagar una botella y media de ese noble brebaje. Y entonces decidió que disfrutaría cada segundo de esa iniciación en los placeres de alta gama que le ofrecía el corazón del barrio porteño de los nuevos ricos, en lo alto de una fortaleza moderna a cuyos pies corre una calle con nombre de luchadora social. Los globos que colgaban del techo aquella noche dejaron de parecerle un toque naif discordante cuando el anfitrión invitó a pincharlos y se reveló que las piñatas estaban rellenas de paquetitos de cocaína.

Los caballeros con capacidad económica para desplegar el lado B de sus vidas en Puerto Madero saben cómo impresionar a mujeres jóvenes y lindas como ella. Y si el presupuesto les permite aspirar a la cima del ecosistema fiestero, hasta pueden seducir a una bomba sexy del star system mediático.

Las llevan a esos departamentos que no suelen estar declarados ante la AFIP (ni en su propio hogar), del todo ajenos al viejo estilo bulín saturado de espejos y luces de colores, en los que impera un lujo contemporáneo capaz de hacer que las chicas sueñen con una vida mejor.

“Acá pasa de todo, pero todo es…todo”, me intrigó de entrada un avezado relacionista público al que entrevisté para escribir “El Barrio del Poder”, el libro con el que me propuse reconstruir los 25 años de vida secreta de Puerto Madero. Un auténtico universo paralelo que se desarrolla intramuros, a salvo de fotógrafos profesionales y fisgones amateurs.

Si durante el día Puerto Madero es una isla hiper vigilada, de noche es un desierto donde a simple vista no pasa nada. Con custodias, rejas y control de cámaras por circuito cerrado, es posible ingresar a los estacionamientos subterráneos de sus edificios sin ser vistos. Y hasta sin ver: están las que aceptan ser llevadas con los ojos vendados, para garantizarle a quienes las contratan que no podrán identificar el lugar.

También en busca de discreción es que fueron desapareciendo los famosos books, aquellos comentados catálogos de mujeres para elegir. Trascendían nombres y se habían convertido en un peligro latente de escrache. La nueva vidriera es la televisión. Los empresarios les hacen llegar a vedettes y modelos ofrecimientos tan generosos que algunas los ostentan con orgullo de hembra poderosa.

A veces son transacciones refinadas que eluden los billetes en la mesa de luz. El favor sexual se puede devolver con uno laboral, cierto contacto o un viaje compartido, lo que le permite a ellas cuidar su autoestima: se consideran amigas íntimas con privilegios. Hay un juego de seducción, los interesados contactan al representante-asistente-productor- amigo para decirle que quieren conocer a tal mujer y si la deseada sabe manejar la ansiedad del candidato, hasta puede recibir un regalo anticipado, por lo general una joya o un auto. Debajo de esa franja de los gozadores más exclusivos, se mueve un circuito de hombres igual de selecto pero algo más expuesto, que accede a acudir a los coquetos departamentos de las chicas o a alguno de los hoteles de Puerto Madero: en el podio del ranking, el Faena, cuyo bar musical con ambientación lujuriosa ofrece una buena coartada para rondas de tragos que derivan en viajes por separado en ascensor. Le compite el Hilton, donde también hay una fuerte actividad nocturna, como da cuenta su parking atestado de Mini Coopers, el fetiche por excelencia de las muchachas. Porque las trabajadoras del sexo vip no facturarán en blanco pero funcionan como pymes a salvo de devaluaciones.

 

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