Buenos Aires, 15/08/2018, edición Nº 1739
Noticias
Fecha Publicación: 19 julio, 2018

En la villa Rodrigo Bueno un taller entrena habilidades para el desarrollo infantil

Todos los miércoles en la villa Rodrigo Bueno, chicos de entre 6 y 12 años, esperan que sean las 16:30 para juntarse a jugar. Un equipo de voluntarios los esperan después de la escuela para merendar y entrenar habilidades clave para el desarrollo mientras se divierten con bloques de madera y juegos de mesa. Pero la semana pasada, la despedida antes de las vacaciones de invierno incluyó una sorpresa: los chicos pudieron operar un robot y llevarse anteojos, corazones o mariposas dibujados con una lapicera de impresión 3D.

Un grupo a cargo de psicopedagogas de la Universidad Católica Argentina (UCA) corrieron bancos, ordenaron e improvisaron una mesa para la merienda en la capilla Nuestra Señora de Caacupé del barrio, justo frente al centro comunitario. Ahí llegaron en 2015 con el taller “Aprender a jugar, jugando”, tras implementarlo con buenos resultados en la villa 1-11-14 del Bajo Flores y en la primaria del Instituto Nuestra Señora de Fátima de Villa Soldati.

El juego, de acuerdo con el modelo de taller que diseñaron especialistas de la Coordinación de Compromiso Social y Extensión de la universidad, permite que chicos y adolescentes “desplieguen su desarrollo cognitivo, afectivo, motor y social”, según definieron. El año pasado, el equipo publicó un cuadernillo que explica cómo se puede replicar en barrios, hospitales, centros comunitarios, hogares o escuelas. Es que el juego también “estimula la imaginación y la capacidad de aprendizaje”, además de dar lugar a la creatividad y la comunicación.

En la entrada al barrio, de calle de tierra, empiezan a aparecer los chicos que vuelven de la escuela. En la puerta de la capilla, se asoma uno con rulos que le revuelven en pelo y pregunta: “¿Acá hay juegoteca hoy?” y los encargados del taller lo reconocen enseguida. “¡Hola, Nico!”, lo saludan y le dicen que sí. Pero él ya salió corriendo. A los cinco minutos, vuelve con su mamá, que trabaja en un local del barrio: “¿Se los dejo?”, consulta ella, luego de saludar. Nico entra y se sienta a merendar.

Poco a poco llegan los demás. A las 17:00, ya hay 23 chicos. La coordinadora, Pilar Arias, les anticipa que será un día distinto en el taller porque están por empezar las vacaciones. Es decir que, a la merienda, no le seguirán 45 minutos de juego con bloques de madera orientado a mejorar la concentración, la resolución de problemas y la planificación en grupo. “Es más libre: les permite descargar más energía que en el juego en el que hay que seguir reglas”, explica Arias.

Tampoco habrá 15 minutos de juegos de mesa, que promueven habilidades como la organización y la comparación de estrategias y resultados, además de hacer cuentas y escribir. “Sirve para controlar la impulsividad”, aclara la psicopedagoga.

Esta vez, los chicos podrán operar un robot con un brazo para sostener objetos o dibujar pequeñas piezas en 3D con dos integrantes de Innovación Académica de la UCA, Daniel Righetti y Luciana González, que es alumna de la carrera de Ingeniería. Todos se sientan en el piso alrededor del robot que Righetti opera desde la pantalla de su celular.

“¿Qué tiene un robot?”, pregunta Righetti y los chicos lanzan palabras sueltas: pilas, ruedas, antena, tecnología, plástico, control y siguen. “Tenés que usar botoncitos para ir y una palanquita para que haga cosas”, dice Nico en voz más alta que Belén, de 10 años, y Alejandro, que se acomoda los anteojos de color azul. “Algunos no usan control ni cables”, suma Belén, apenas Nico hace una pausa. “¡No tiene ojos ni boca!”, señala Emily, mientras se acerca más al robot.

Arias, que monitorea la evolución de los chicos, percibe que lograron construir con mayor precisión, aprendieron a organizarse y saben explicar consignas, entre otros logros. “Los padres están contentos y a los chicos les gusta venir -dice-.Son chicos que viven en espacios reducidos y más personas, así que disfrutan de tener un lugar para jugar con sus pares y un adulto que los guíe.”

Inicialmente, los chicos volvían a casa con juegos de mesa, pero no funcionó, según cuenta Juan Cruz Hermida, coordinador de Compromiso Social y Extensión de la UCA. Los padres no jugaban con los chicos, que optaban por el celular o una tableta. “Entonces, volvimos a los juegos tradicionales con buenos resultados”, agrega sobre el trabajo del grupo, en el que participan alumnos que se comprometen a participar del taller durante un cuatrimestre.

Los chicos que asisten al taller de juego de la villa Rodrigo Bueno logran construir con mayor precisión, aprendieron a organizarse y saben explicar consignas Los chicos que asisten al taller de juego de la villa Rodrigo Bueno logran construir con mayor precisión, aprendieron a organizarse y saben explicar consignas.

Rosario Abelleira, estudiante de tercer año de psicopedagogía, concurre desde hace más de un año. “En la facultad ves el juego como una herramienta asociada con el desarrollo infantil. Cuando llegás (al barrio), no todo es como dicen los libros -comenta-. Hay que adaptar esa teoría a cada chico y más en este contexto. En todos los juegos que se les plantean hay muchas funciones cognitivas involucradas.”

Los chicos son ansiosos, el lenguaje tiene que ser sencillo y hay que explicar todo un poco más que en otras realidades. Esto demanda más paciencia de los adultos y, también, humildad. Pero el desarrollo, según coinciden todos, es muy bueno. “Vienen con muchas ganas de aprender y de jugar”, afirma Abelleira, que comparte el grupo con Estefanía Buzzini, psicopedagoga, y Natalia Ramil, voluntaria del área de Relaciones Institucionales de la universidad.

Son las 18 y la coordinadora les pide a los chicos que se acerquen. Cada uno recibe una bolsita de papel. En la etiqueta se lee: “¡Felices vacaciones! Nos vemos el miércoles 1 de agosto, a las 16.30”.

Durante el juego compartido con bloques o reglas a seguir, los chicos deben ir completando acciones. En cada una, hay un desafío por superar para adquirir habilidades saludables. Por ejemplo:

  • Turnarse en el uso de los materiales. Reconocer que los materiales no tienen valor por fuera del juego y que son parte de la actividad compartida
  • Compartir responsabilidades y repartir tareas. Dividir una tarea en partes según la cantidad de jugadores y comprender que cada uno ocupa un lugar importante en el juego
  • Comparar opciones. Analizar ventajas y desventajas de una acción por sus resultados o consecuencias
    Esperar a un compañero para que participe. Controlar las propias ganas de participar en función de la regla del juego
  • Sumar puntajes. Comprender cómo se resuelve una suma
  • Colaborar para resolver en conjunto. Negociar para ponerse de acuerdo, comprender distintas opiniones y compararlas
  • Elegir una carta para tirar. Relacionar las cartas en mano con la meta del juego
  • Comparar las fichas que cada jugador completó en su tablero. Comparar el proceso de juego para saber quién está más cerca de alcanzar la meta. Analizar el estado de situación de un juego desde la posición de varios jugadores
  • No hacer lo primero que nos viene a la mente. Controlar el propio impulso y decidir en base a la meta y la situación del juego
  • Saber cuántos casilleros se pueden avanzar en función del dado. Contar los casilleros en función de la cantidad que marca el dado
  • Pedir tiempo para decidir. Reconocer que se necesita más tiempo, que hay una regla que establece un ritmo en la participación y que por eso es necesario solicitar un permiso

Fuente consultada: La Nacion

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