Buenos Aires, 23/08/2019, edición Nº 2112
Cultura
Fecha Publicación: 24 julio, 2019

Daniel Barenboim presentó el nuevo nombre de la sala sinfónica del CCK

Una microcirugía en los nombres, una intervención láser, subrepticia e indolora. Así podríamos definir la decisión del secretario del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos al poner la placa del «Auditorio Nacional«, que rebautiza la sala sinfónica del CCK, en su origen llamada La Ballena en alusión a la gran panza arquitectónica que se aprecia en la planta baja, con la cual el gobierno de Cristina Kirchner y el constructor del Centro, Julio De Vido (hoy en la cárcel), quisieron grabar el mito patagónico. Adiós a la gran bestia de los mares australes.

El director de orquesta Daniel Barenboim –músico, activista por la paz en Oriente Medio y un singular hombre político- junto a Hernán Lombardi descubrieron sobre el escenario la placa que lo inaugura de nuevo con un sobrio Auditorio Nacional, y que pronto lucirá en la puerta. Algunos cuentan que la idea fue del propio Barenboim, aunque oficialmente fue una ocurrencia a capela. No es un secreto que Lombardi ha buscado modos ingeniosos –y en zigzag- para deskirchnerizar el majestuoso complejo de foros y salas que se convirtió en la perla de la gestión de Cristina Fernández, y también en uno de los siderales tragaderos de la corrupción en la obra pública. Una vez presentada la placa comenzó el concierto de la West-Eastern Divan Orchestra, bajo la batuta del maestro argentino-israelí.

Por su excelente acústica, el flamante Auditorio Nacional es uno de los más importantes del mundo, con sus 2200 m2 y una capacidad para 1750 espectadores. Y el edificio es el mayor centro cultural de América latina.

Reflexionando con el maestro Barenboim surgió la idea de nominar a esta sala como Auditorio Nacional, con el sentido de ser sede de los más grandes eventos musicales nacionales y universales», señaló Hernán Lombardi. Y concluyó: «Nos compromete aún más con la misión de irradiar desde la argentina al mundo la magia de la música».

Por su parte Daniel Barenboim expresó: “El auditorio del CCK es una verdadera sala de conciertos, que se consolidó en estos años como punto de encuentro para grandes músicos del país y del mundo. Con la vida musical que hay en Buenos Aires era imprescindible un espacio de estas características. Yo me sentí muy, muy cómodo en esta sala”.

La acción coincide con el “Festival Barenboim”, que por su trascendencia y relevancia artística y cultural, es una oportunidad inmejorable para promover y oficializar la denominación mencionada.

Esta sutil variación es apenas una en la serie de cambios que, de manera cíclica, viene alterando sutilmente la inspiración original del mayor centro cultural de Argentina y la región. Es justo observar que difícilmente al macrismo se le hubiera pasado por la cabeza reconstruir el paquidérmico Correo Central y destinarlo a la cultura.

Primero, en 2016 el Centro se convirtió en CCK, una sigla vacía, cuya gráfica tiene vagas resonancias del alfabeto ruso… A menos que en medio siglo, digamos, se decida resignificarla como Centro Cultural Kuitca o Kovadloff. Es que para cambiarle el nombre haría falta mayoría en el Congreso; además de ser una medida irritante, existe el detalle de que el apellido del ex presidente está tallado en cemento en lo alto del frontispicio. Demasiado revanchista. Otra microcirugía optó por colgar en la cara sur del edificio una máxima de Borges en neón celeste: “Nadie es la patria, pero todos lo somos”. La noción de una patria personal y a la vez colectiva, en primera persona del plural, se opone a la patria como causa rectora de un pensamiento nacional, noción que está en el germen de toda beligerancia y que resulta cada vez más anacrónica.

Otra intervención en el sentido de la pluralidad ideológica fue la instalación El camino de las ideas en el espacio contiguo al de los créditos que, desde su inauguración, homenajean en piedra al ancestro cartero del ex presidente Kirchner; allí Marie Orensanz y Santiago Kovadloff dejaron sus máximas inquietantes, sin mayúsculas, “el pensamiento es también un fragmento”, escribió la artista, residente en Francia hace décadas pero cuyas obras están en el Parque de la Memoria, o “de nada serviría ser un artista si no fuera útil para combatir la violencia y la opresión”, de la actriz y activista Vanessa Redgrave.

Han pasado en estos años por el Auditorio músicos e intérpretes tan variados como la Staatskapelle Berlin, Egberto Gismonti, Patti Smith, Martha Argerich, Krzysztof Penderecki, la tanguera Bajofondo, Susana Rinaldi y Stefano Bollani, entre otros. NR

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